Desde que leí "Los Detectives Salvajes" de Roberto Bolaño que no me deleitaba tanto con un narador que domina, que controla a la perfección la difícil tarea de representar la subjetividad del tiempo vivido. Desde la narración en primera persona es más fácil, quizá, que la tercera, en la versión surrealista y posiblemente un poco ambiciosa que se lee en Bolaño.
En "El Mar", Banville muestra una dimensión temporal agobiante, estrecha, densa, tramposa y con ello define el carácter de la temporalidad del duelo en su plenitud. En dicho poceso de reacción catastrofal ante la pérdida el sujeto se encuentra perplejo y, si pudiera, se preguntaría: ¿pasa o no pasa el tiempo? ¿En qué dirección avanza? ¿Hacia atrás? ¿o se queda atascado en un presente infernal? ¿O es un loop?. La memoria, motor del tiempo vivido hace un acopio inverosimil de los detalles, los infinitos detalles de esta memoria que falla, pero que se convierte en el único protagonista de la vida. La memoria, un dictador. Pero un dictador desordenado, caótico, que no alínea, no manda, no dirige, amenaza, asusta, desorienta, desprotege, pero con paradojalmente lo hace con más luz que la que los ojos de la percepción necesitan para evitar que tropecemos con la vereda o choquemos con el espejo en una pieza oscura.
jueves, diciembre 27, 2007
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