
La voz de Jon Anderson me provocó turbulencias internas la primera vez que la oí, y fue en septiembre de 1983. Sin saberlo aún, hacía varios años que la música se había convertido en un tema central de mi interés, pero hacía sólo unos meses que me había empezado a apasionar verdaderamente con los productos del Rock and Roll. No podía saber entonces cuán adentro se estaba clavando la espina musical, porque al momento de oír los sonidos, acordes y ruidos de la suite Close to the Edge yo contaba trece años de historia vital y casi nula conciencia de mi mismo.
Estaba yo junto a mis compañeros, disfrutando de los primeros pasos de libertad adolescente, en la mitad de un viaje de curso a Morrillos, cuando este balneario era sólo un camping más, entre otros tantos que se repartían las playas del norte de Chile. No tenía conciencia, pero tampoco vergüenza de mi mismo, es decir, no me dejaba llevar fácilmente por las presiones sociales comunes a esa edad, por lo que no es de extrañar que se me viera pasear por la playa con un equipo de música completo al hombro. Aunque el Walkman era bastante popular, entre otras cosas por su cómodo y razonable tamaño, no me había seducido: sentado en una duna de arena, entre mis mejores amigos, cada uno pertrechado con su Personal Stereo, escuchando sus canciones favoritas expulsadas desde los pequeños aparatos, subiendo a través de los cables hasta sus oídos estaba yo con un mini componentes al hombro, de propulsión a seis pilas grandes, liberando los palos de Bill Bruford y las cuerdas de Chris Squire, enfrentado al viento, ante una de las más bellas puestas de sol que vi en mi vida.
Al poco andar, la introducción instrumental de la canción se corta súbitamente por un coro sublime de voces que irrumpe armónico, que interrumpe la tensión creada por los músicos y su compleja interpretación jazzera. El corte dura un segundo y la vanguardia sincopada retoma su caudal. El canto afinado, a varias voces, destacadas las de Anderson por sobre las otras, es un simple “Ahhhhhh”, pero su aparición basta para transformar el tema en una obra inclasificable.
Estaba yo junto a mis compañeros, disfrutando de los primeros pasos de libertad adolescente, en la mitad de un viaje de curso a Morrillos, cuando este balneario era sólo un camping más, entre otros tantos que se repartían las playas del norte de Chile. No tenía conciencia, pero tampoco vergüenza de mi mismo, es decir, no me dejaba llevar fácilmente por las presiones sociales comunes a esa edad, por lo que no es de extrañar que se me viera pasear por la playa con un equipo de música completo al hombro. Aunque el Walkman era bastante popular, entre otras cosas por su cómodo y razonable tamaño, no me había seducido: sentado en una duna de arena, entre mis mejores amigos, cada uno pertrechado con su Personal Stereo, escuchando sus canciones favoritas expulsadas desde los pequeños aparatos, subiendo a través de los cables hasta sus oídos estaba yo con un mini componentes al hombro, de propulsión a seis pilas grandes, liberando los palos de Bill Bruford y las cuerdas de Chris Squire, enfrentado al viento, ante una de las más bellas puestas de sol que vi en mi vida.
Al poco andar, la introducción instrumental de la canción se corta súbitamente por un coro sublime de voces que irrumpe armónico, que interrumpe la tensión creada por los músicos y su compleja interpretación jazzera. El corte dura un segundo y la vanguardia sincopada retoma su caudal. El canto afinado, a varias voces, destacadas las de Anderson por sobre las otras, es un simple “Ahhhhhh”, pero su aparición basta para transformar el tema en una obra inclasificable.
No sé con qué expresión en mi rostro infanto juvenil me descubrí formulando en voz alta una pregunta esencialmente estética y existencial, anonadado por la experiencia, no recuerdo qué dije exactamente, pero, traducida al lenguaje adulto de hoy debo haber soltado algunas palabras como estas: ¡Qué simpleza bella! ¿No es angelical y fabuloso lo que acabo de escuchar?, hablando solo, sin obtener respuesta. Por una parte, porque ninguno de mis amigos podía escucharme, envueltos como estaban por sus propias músicas, y por otra, porque ningún humano podría haberme contestado la pregunta. Hice un esfuerzo desmesurado y pulsé la tecla STOP para extraer el Cassette y buscar alguna palabra escrita que me aclarara el desconcierto (que contradicción más hermosa: estar desconcertado con un concierto musical sin parangón). Y sólo había una sola escrita en la huincha de papel del lado “A” de la cinta. Me quedé completamente boquiabierto al leer la respuesta a mi embobada pregunta. Ahí estaba la palabra “YES”. Miré a todos lados para cerciorarme que mis pensamientos no pudieran oírse, completamente atontado por la vivencia que acababa de tener. Me había preguntado si lo que había escuchado era fabuloso y desde el corazón del equipo, la fuente misma de mi admiración me había contestado en inglés que sí lo era. Di vuelta la cinta y pude leer la frase que no olvidaré jamás: escrita con plumón negro y letras mayúsculas, anguladas, decididas, fuertes, casi prepotentes, se leía “CERCA DEL ABISMO”. Volví a insertarlo para hacer lo que hasta hoy acostumbro cuando una canción me desordena la mente de placer: pulsé REWIND y volví a poner el tema desde el comienzo. Cerré los ojos, aspiré los mocos que se habían acumulado dentro de mi nariz como reacción a la disminución brutal de la temperatura de los últimos minutos y me puse a recordar cómo había llegado a mi esa maravilla.
Cinco meses antes había viajado por primera vez a Argentina con el equipo deportivo del colegio y me había alojado en casa de un chico que por azar me había sido asignado por la organización. Su nombre era Alberto, tenía unos dos o tres años más que yo y se pavoneaba de tener una gran colección de discos. En realidad yo habría hecho lo mismo. La colección era efectivamente la más extensa que yo había visto hasta entonces en mi corta vida. Hoy creo que no deben haber sido tantos, unos cien quizá, o un poco menos, pero la recuerdo infinita, imponente, pero por sobre todo, misteriosa y excitante. Mientras estuve en su casa, unos cinco días y sus noches, Alberto no paró de hablarme de lo lindas, hermosas, simpáticas y qué sé yo qué más, que eran mis compañeras de equipo, las que él había admirado en la estación de buses a la que habíamos arribado y donde él me había ido a buscar provisto de un letrero que tenía mi nombre escrito a mano, con plumón y letra mayúscula y con la misma letra que de pronto habría de reconocer al leerla sobre la cinta esa tarde de duna morrillana, meses después.
Hicimos una entretenida amistad, pero debo ser honesto: nunca logré concentrarme en simplemente pasar el tiempo conversando o en intercambiar historias y fantasías, ni menos en intentar conocer chicas del país de cada cual. Sus discos tenían la culpa. Me distraían. Y este magnetismo, gozosamente insoportable, que hoy es frecuente, común y conocido en mi, en ese momento me provocó una confusión desconocida y me hizo parecer un bicho de lo más raro. ¿Qué te pasa, Huevón? Me preguntó una vez Alberto, achilenando intencionadamente su expresión burlona, cuando notó que yo no lo miraba mientras él me contaba detalles acerca de las bondades del culo de una amiga mía. ¿Sos maricón o qué? ¿No te gusta Ángela? ¿O te gusta demasiado, eh? ¿Te molesta que hable? ¿Tenés algo con esha? Me dijo por fin en argentino. No, nada, debo haberle contestado yo, pues no me acuerdo bien qué dije, debe haber sido algo acerca de que la Ángela es inalcanzable y que nadie osaría besarla. No me olvido de lo que agregué después: ¿Puedo ver tus discos? Y sin borrársele la sonrisa puerca que arrastraba desde que me había descrito lo que le gustaría hacer con Ángela si se encontrase de pronto solo con ella, me contestó agregando un orgulloso pero casi imperceptible movimiento de hombros al gesto de indicar con el dedo índice la repisa en que se encontraban: Servite. Como no me moví de inmediato, Alberto dedujo que no le había entendido el modismo y corrigió diciendo: por supuesto ché, miralos. Ese momento crucial, estelar de mi vida debe de haberle sido evidente, pues me miró con ojos cómplices, fraternales, hasta paternales, luego me guió como a un ciego, tomándome delicadamente el antebrazo y soltándome la mano a centímetros de su preciada colección. No puedo dejar de relacionar esa imagen con la de Alberto acercándose lentamente a tocarle el culo a Ángela. Y ahí estaba yo, con las 10 yemas de mis dedos deslizándose por los lomos de los discos que excitaban mi curiosidad aunque desconociera el contenido. Antes de sacar un disco lo miré buscando una última autorización, como si me dispusiera a tocar reliquias milenarias que no pueden exponerse al sucio tacto humano que solo destruye lo que toca. Alberto comprendió mi silenciosa solicitud porque cerró sus ojos y movió levemente su cabeza en una delicada venia papal. Y saqué un disco al azar. Casi quedo sin aire al verme sosteniendo de pronto un disco que mostraba en su portada a un tipo muy galán, ataviado con una camisa blanca de cuello ancho y grande, abierta en dos botones y un traje de lana gris, elegante, sosteniendo el control remoto (con cable) de un televisor en colores, con sus ojos cerrados, o quizás solo levemente abiertos, imperceptible al observador, con su cabeza gacha, dirigida a la alfombra amarilla de, supongo, un cuarto de hotel. Pero lo mejor era la presencia al fondo de una muchacha desnuda, de espaldas al tipo, apoyada en la baranda del balcón, empinada a piernas muy juntas, calzada con unos zapatos de taco alto negros como única prenda. La cama revuelta, el pelo mojado de la chica y la sutil, pero satisfecha sonrisa pintada en los labios del tipo hacían suponer rápidamente que el tipo acababa de tener mucha suerte. Levanté mi rostro sonrojado y dirigí la mirada hacia Alberto, quien ya estaba asintiendo con la boca abierta, y me dirigía unas palabras que ya me había figurado diría en cualquier momento: ¿Viste Chico? De eso te hablo cuando me refiero al culo de Ángela. Se trataba del disco “Pressure Drop” de Robert Palmer. Haber tomado un disco con una carátula tan erótica sólo empeoró las cosas, porque de pronto ya no tuve claro qué es lo que buscaba en el estante, si meterme en el profundo y misterioso océano de la música pop clasificada en una monstruosa colección de discos en una pieza residencial de Buenos Aires o si se trataba de apagar el fuego cada vez más salvaje del deseo de un chico de trece. Probablemente fue ambas cosas.
Cinco meses antes había viajado por primera vez a Argentina con el equipo deportivo del colegio y me había alojado en casa de un chico que por azar me había sido asignado por la organización. Su nombre era Alberto, tenía unos dos o tres años más que yo y se pavoneaba de tener una gran colección de discos. En realidad yo habría hecho lo mismo. La colección era efectivamente la más extensa que yo había visto hasta entonces en mi corta vida. Hoy creo que no deben haber sido tantos, unos cien quizá, o un poco menos, pero la recuerdo infinita, imponente, pero por sobre todo, misteriosa y excitante. Mientras estuve en su casa, unos cinco días y sus noches, Alberto no paró de hablarme de lo lindas, hermosas, simpáticas y qué sé yo qué más, que eran mis compañeras de equipo, las que él había admirado en la estación de buses a la que habíamos arribado y donde él me había ido a buscar provisto de un letrero que tenía mi nombre escrito a mano, con plumón y letra mayúscula y con la misma letra que de pronto habría de reconocer al leerla sobre la cinta esa tarde de duna morrillana, meses después.
Hicimos una entretenida amistad, pero debo ser honesto: nunca logré concentrarme en simplemente pasar el tiempo conversando o en intercambiar historias y fantasías, ni menos en intentar conocer chicas del país de cada cual. Sus discos tenían la culpa. Me distraían. Y este magnetismo, gozosamente insoportable, que hoy es frecuente, común y conocido en mi, en ese momento me provocó una confusión desconocida y me hizo parecer un bicho de lo más raro. ¿Qué te pasa, Huevón? Me preguntó una vez Alberto, achilenando intencionadamente su expresión burlona, cuando notó que yo no lo miraba mientras él me contaba detalles acerca de las bondades del culo de una amiga mía. ¿Sos maricón o qué? ¿No te gusta Ángela? ¿O te gusta demasiado, eh? ¿Te molesta que hable? ¿Tenés algo con esha? Me dijo por fin en argentino. No, nada, debo haberle contestado yo, pues no me acuerdo bien qué dije, debe haber sido algo acerca de que la Ángela es inalcanzable y que nadie osaría besarla. No me olvido de lo que agregué después: ¿Puedo ver tus discos? Y sin borrársele la sonrisa puerca que arrastraba desde que me había descrito lo que le gustaría hacer con Ángela si se encontrase de pronto solo con ella, me contestó agregando un orgulloso pero casi imperceptible movimiento de hombros al gesto de indicar con el dedo índice la repisa en que se encontraban: Servite. Como no me moví de inmediato, Alberto dedujo que no le había entendido el modismo y corrigió diciendo: por supuesto ché, miralos. Ese momento crucial, estelar de mi vida debe de haberle sido evidente, pues me miró con ojos cómplices, fraternales, hasta paternales, luego me guió como a un ciego, tomándome delicadamente el antebrazo y soltándome la mano a centímetros de su preciada colección. No puedo dejar de relacionar esa imagen con la de Alberto acercándose lentamente a tocarle el culo a Ángela. Y ahí estaba yo, con las 10 yemas de mis dedos deslizándose por los lomos de los discos que excitaban mi curiosidad aunque desconociera el contenido. Antes de sacar un disco lo miré buscando una última autorización, como si me dispusiera a tocar reliquias milenarias que no pueden exponerse al sucio tacto humano que solo destruye lo que toca. Alberto comprendió mi silenciosa solicitud porque cerró sus ojos y movió levemente su cabeza en una delicada venia papal. Y saqué un disco al azar. Casi quedo sin aire al verme sosteniendo de pronto un disco que mostraba en su portada a un tipo muy galán, ataviado con una camisa blanca de cuello ancho y grande, abierta en dos botones y un traje de lana gris, elegante, sosteniendo el control remoto (con cable) de un televisor en colores, con sus ojos cerrados, o quizás solo levemente abiertos, imperceptible al observador, con su cabeza gacha, dirigida a la alfombra amarilla de, supongo, un cuarto de hotel. Pero lo mejor era la presencia al fondo de una muchacha desnuda, de espaldas al tipo, apoyada en la baranda del balcón, empinada a piernas muy juntas, calzada con unos zapatos de taco alto negros como única prenda. La cama revuelta, el pelo mojado de la chica y la sutil, pero satisfecha sonrisa pintada en los labios del tipo hacían suponer rápidamente que el tipo acababa de tener mucha suerte. Levanté mi rostro sonrojado y dirigí la mirada hacia Alberto, quien ya estaba asintiendo con la boca abierta, y me dirigía unas palabras que ya me había figurado diría en cualquier momento: ¿Viste Chico? De eso te hablo cuando me refiero al culo de Ángela. Se trataba del disco “Pressure Drop” de Robert Palmer. Haber tomado un disco con una carátula tan erótica sólo empeoró las cosas, porque de pronto ya no tuve claro qué es lo que buscaba en el estante, si meterme en el profundo y misterioso océano de la música pop clasificada en una monstruosa colección de discos en una pieza residencial de Buenos Aires o si se trataba de apagar el fuego cada vez más salvaje del deseo de un chico de trece. Probablemente fue ambas cosas.

Los días que pasé disfrutando de la colección de Alberto quedaron grabados en mi memoria como la iniciación en el mundo insondable y más sentimental que haya conocido jamás. Los días en que estuve más cerca del abismo, rodeado del torrente energético que significaron esas noches de audición y relatos, de Rock y Sexo ingenuos, de tambores y tetas. Antes de despedirnos en la misma estación, y tras advertir pasmado que Alberto le daba un ¡beso en la boca a nuestra Ángela! se acercó canchero, cual Robert Palmer, y me dijo mientras me abrazaba efusivamente, Tomá, Huevón, este regalo es para vos y para que no te olvidés nunca de mi. Me pasó la cinta que las lágrimas me impideron mirar, y que habría de perderse entre las cosas revueltas de mi viaje, en un rincón de mi mochila. Luego, camino a Chile, la tomé entre mis dedos ávidos del tacto. Se trataba de CLOSE TO THE EDGE de YES, con la orgullosa inscripción en argentino, que habría de volarme los sesos por el resto de mi vida.
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