
Antes de tocar el timbre respiro hondo y cierro los ojos. Estiro varias veces los dedos de mi mano derecha como si necesitara sacudir el frío de ella o como si requiriese un calentamiento previo antes de pulsar el botón, como si mi mano necesitara confianza. Estoy muy mojado y no dispongo de paraguas. Pienso que la lluvia no ha sido dramática, pero sí constante, como un paisaje de fondo silencioso al que es necesario saber acostumbrarse. Son las cinco de la tarde, y ya está oscuro como si fuera medianoche.
Me ha costado llegar hasta acá. He tenido que llevar a cabo una auténtica investigación para dar con su nombre actual. Finalmente lo he logrado. Ahora estoy por fin ante la puerta del edificio en que habita la familia Zimmermann. Busco a Frau Zimmermann. En el cuarto piso espero encontrar a Anna Zimmermann. Hoy me enterado que lleva ese nombre. Veinte años antes yo la conocí con otro.
Veinte años antes yo tenía 13 años de edad. Asistía a la escuela pública de Ditzingen, el pueblo en que vivía junto a mi familia. Mi padre trabajaba hacía muchos años para una empresa alemana avecindada en Chile. Había sido trasladado por unos años a la casa matriz, ubicada a 30 kilómetros de nuestro pueblo. Mi madre se ocupaba de la casa y pasaba su tiempo aprendiendo alemán con clases particulares que le impartía una vecina. Yo asistía a la escuela del pueblo. Todos los días caminaba junto a Francisco, mi hermano menor, desde nuestro departamento en una de las altas y alejadas calles del cerro Seil hasta la escuela. El tramo era caluroso, pero agradable en verano, aunque difícil en invierno. Los 25 minutos que tomaba el trayecto en verano se transformaban en 40 en invierno, debido al especial cuidado que había que tener cuando nevaba. A lo largo del camino se podía observar los bosques que rodeaban el pueblo y que se extendían en todas direcciones, adornando los cerros y las lomas de toda la región. Los paisajes eran tan desacostumbrados para mí que me descolocaban, incluso a esa edad.
Durante esas mañanas, antes de llegar a la escuela, me sentía libre, y disfrutaba estar a mis anchas. La rutina me hacía feliz. A veces, cuando uno se siente parte de algo los sentidos se amplifican hasta permitir que la memoria guarde hasta los detalles más insignificantes. La responsabilidad de acompañar a mi hermano menor aumentaba aún más esa sensación de dominio. Mis padres me lo habían hecho notar con claridad: "cuida a Francisco, que eres el mayor y van los dos solos".
Así bajábamos diariamente las largas escaleras que se descolgaban del cerro hasta un pequeño valle que se extendía desde la base, rodeado de arbustos y árboles, y que albergaba un Hotel, un supermercado y varias calles solitarias. Caminábamos por la calle más ancha, que unía el Seil con el cerro Kappelle, que se levantaba al frente, empinado, y que estaba poblado por decenas de casas de dos y tres pisos, con sus vigas al aire y sus simetrías perdidas hace muchos años. Desde nuestra orilla las casas dibujaban con carácter el paisaje.
A veces, a lo largo del trayecto, coincidíamos con otros alumnos que se dirigían a la escuela. Con sus mochilas cuadradas al hombro y sus rubios rizos cubiertos por capuchas o gorras térmicas, los alumnos alemanes se veían todos iguales. En invierno sus guantes sobresalían de las mangas de sus chaquetas con variados colores y todas las bufandas tenían el mismo nudo. Las botas engullían los pantalones arrugados. Todos caminaban boca abajo, ensimismados y con trancos largos. Hablaban entre sí sin mirarse. Salvo algún aislado gesto, no recuerdo que alguno intercambiara palabras con nosotros durante esos paseos matinales.
Al final del valle nos encontrábamos ante la escalera del cerro Kappelle. Esta vez había que subirla. Nos parecía una tarea imposible, pues era más alta que la anterior. Francisco me preguntaba si no conocía yo otra alternativa de camino. Yo le contestaba que si la escuela estaba en la parte más alta del cerro, lo mismo daba irse por un camino que por otro, pues igual había que subirlo hasta el final. Con ese argumento nos poníamos a subir los peldaños. El vapor salía ahora con mayor energía de nuestras bocas abiertas cuando pegábamos un último y decisivo salto al asomarnos a la calle al final de la escalera.
Cuando recién ingresé en mi curso y durante todos los meses de sordera y mudez idiomática, sufrí como todos los nuevos, ataques de violencia. Recuerdo que me hacían llorar por las noches. Intentaba convencer a mis padres de que me dejaran quedarme en casa al día siguiente o les imploraba que volviéramos a Chile. Les conté que me habían golpeado y que todos los días alguien se burlaba de Francisco. “¿Y por qué lo hacen?”, preguntó mi padre, “Porque somos negros” contesté llorando. Mi padre me escuchó tomando de la mano de mi madre, y luego dijo una frase que nunca olvidé: “El color no tiene nada que ver acá, cuando aprendas a hablar como ellos se olvidarán que eres distinto y dejarán de molestarte”. "Yo no quiero ser distinto de ellos", le dije. Recuerdo que miró a mi madre mientras me revolvía el pelo con su mano.
Con el tiempo, cuando aprendí su idioma, comencé a encontrarle la razón a mi padre. Fue el comienzo de una época en que jugaba permanentemente con la idea de que yo era otro alemán más. Fantaseaba que había nacido allí y que Chile era una ciudad aislada del sur de Alemania que casi nadie conocía y que nadie llegaría a conocer. Y me sentía mucho mejor.
El octavo C de la escuela pública de Ditzingen era sorprendentemente heterogéneo, su inventario rezaba así: Trece alemanes, una norteamericana, dos turcos, dos italianos, un portugués, un griego, un chileno y dos yugoeslavas. La mayoría correspondía por cierto a alumnos alemanes. Las edades fluctuaban probablemente entre los 12 y los 15 años. Los timbres de voz de al menos la mitad de los hombres estaban en vías de cambiar o ya lo habían hecho del todo. Tenía compañeros que medían a lo menos un metro ochenta centímetros y otros que no pasaban del metro con cuarenta. Las mujeres exhibían diferencias aún más notorias entre sí. Los pechos de algunas compañeras se habían desarrollado al máximo de lo que mi imaginación podía tolerar, otras los tenían aún tan lisos que sus cuerpos parecían los de unos chicos. Vivíamos una edad cruel, salvaje, definitoria. Hoy casi no guardo recuerdos o imágenes asociadas a mis compañeros, salvo las que están relacionadas con ella. Anna Zimmermann o Ancika Paloc, como se llamaba entonces. Ancika era una de las chicas yugoeslavas.
Se sentaba siempre en primera fila. Solía mirar por la ventana largos minutos, la cabeza girada como buscando afuera algo invisible para los demás. Usaba un pañuelo que cubría su cabeza de cabello oscuro. Era muy delgada, débil y pálida, tenía muchos granos en la cara y despedía un suave olor a comida.
Burlarse de Ancika era un pasatiempo grupal. Nos reíamos de ella, la seguíamos de cerca, habándole obscenidades al oído o gritándole escaleras abajo hasta el patio o la salida, la rodeábamos corriendo en círculos a su alrededor. La evitación del contacto físico con ella, era el fin último de un juego que jugábamos con puntaje. Si alguien la tocaba perdía puntos. Peor: si alguien la tocaba se enfermaba. Peor aún: si alguien le tocaba el pañuelo se convertía en una yugoeslava como ella.
Ella nunca protestaba o lloraba. No recuerdo que alguien la ayudara o socorriera. Ni siquiera la otra chica yugoeslava. No recuerdo haber oído reprimendas de los profesores por tratarla así. Molestar a Ancika era un juego permanente que jugábamos todos, dentro y fuera de las clases. En una oportunidad el profesor preguntó el nombre de un roedor que mostraba una conducta de hibernación, lo hizo mientras apuntaba a un a foto del mismo animal expuesta en el pizarrón. ¡Se llama Ancika!, gritó Armin, uno de los alemanes más grandes y mayores del curso. La clase entera rió a carcajadas. Yo también. Miré al profesor y noté con sorpresa que también reía con ganas. Ancika miraba por la ventana, como si en realidad sólo su cuerpo estuviese con nosotros, pero su mente muy lejos de ahí.
Había otros casos de maltrato. Mario, el portugués, tuvo que presenciar en una ocasión cómo un bolso nuevo, recién estrenado un día lunes por la mañana, era objeto de una sesión de torturas que concluyeron con su total destrucción en manos de al menos tres compañeros alemanes que lo cercenaron con una tijera. A Salvatore lo ataron a una bicicleta, sin pantalones y de espaldas, en el suelo del patio un día de invierno. Yo fui testigo de la desesperación del director cuando lo desató y trasladó a la enfermería, pero no recuerdo haber sentido compasión. Me entretuve mirando. Una vez encerraron a un chico en el baño. Cuando salió se encontró con una lluvia de orina y de risas proveniente de una fila de compañeros que bloqueaban la salida. A pesar de todos estos casos, con Ancika era distinto. Como si con ella deseáramos traspasar un límite.
Sin darme cuenta me había convertido en quien lideraba al curso en los juegos con Ancika. Los llamaba para arrastrarla al baño y mojarla ahí en días fríos o le robaba sus cuadernos. Me apretaba teatralmente la nariz cuando ella entraba en la sala, procurando que los demás me imitaran. Invitaba a que me siguieran a esperarla para sorprenderla en la entrada del pasillo. Así unos la asustaban, otros le escupían. Yo le gritaba “yugoeslava de mierda, vuelve a tu país”. Como única respuesta ella devolvía una mirada fija, clavada en mis ojos. Algo se movía dentro de mí cada vez que ella me miraba de esa forma.
Un día todo cambió. Debo ser preciso. Un día todo cambió para mi, no para ella. Por razones que ignoro o no recuerdo, una mañana caminé solo a la escuela, quizás estaba enfermo mi hermano. Lo hice probablemente más temprano que de costumbre. Llovía a cántaros y la nieve y el hielo comenzaban a derretirse. A pesar de todo hacía mucho frío. Bajé la escalera del cerro Seil con las manos en los bolsillos. En medio del inclinado trayecto resbalé y caí varios escalones sin poder controlar el impacto. Me golpeé la cabeza y quedé tendido en la base de la escalera, con mi mochila abierta y todo su contenido desparramado a mi alrededor. Pensé en mi mamá. No podía moverme y estaba completamente empapado. Me arrastré hacia el costado, con mucha dificultad e intenté ponerme de pie, pero no pude. Me puse a llorar de dolor y miedo, pero no sabía bien miedo de qué. Me percaté que alguien bajaba la escalera. Era un chico de la escuela que se detuvo unos segundos ante mis cosas dispersas. Con una bota exploró un cuaderno, pero luego siguió su camino sin desviar otra vez la mirada. La lluvia puede provocar que perdamos el sentido del paso del tiempo. No sé cuánto transcurrió hasta que otros pasos me sacaron del estupor. Era Ancika. Recogió un cuaderno y miró a su alrededor hasta que me vio. Se acercó y se inclinó ante Lo primero que hizo fue recoger todas mis cosas. Tomó los cuadernos, el estuche, la fruta y el sándwich que mi madre me preparaba diariamente. Tomó todo cuidadosamente, lo secó con su chaqueta y lo guardó en mi mochila. Luego la cerró y la puso muy cerca de mí. Yo la miraba sin decir palabra, asustado. Entonces ella me preguntó si podía caminar o si prefería quedarme sentado hasta que ella trajera más ayuda. Le contesté que prefería caminar, pero al intentar ponerme de pie nuevamente, volví a caer. Ella soltó un grito. Entonces me tomó de las axilas y, con toda su fuerza, me arrastró detrás de un arbusto que bordeaba el pie de la escalera y me dijo “escóndete aquí, espera hasta que vuelva, que no te vean. Si te ven así se burlarán de ti”. Traté de decirle algo, pero ella me detuvo, se puso el dedo índice entre los labios y luego se levantó y se puso a correr. Recuerdo a Ancika corriendo escaleras arriba, aún veo su pañuelo azul cubriéndola de la lluvia. Esos pasos pisando la lluvia y sus palabras resonaron en mi cabeza durante la media hora que tardó en volver, acompañada de mi madre. Sus palabras me siguieron dando vuelta por todo ese año y por muchos años más. Por veinte años.
***
Veinte años han transcurrido y todavía no me olvido de esa mañana. ¿Se habrá olvidado ella?
Ahora estoy en el alero del edificio. Tiemblo. La espera es impensadamente difícil. Sigue lloviendo. Suena el parlante:
- ¿Sí?, dice una voz de hombre.
- Buenas noches, digo, mi nombre es Maldonado. Disculpe la hora y el hecho de no haberme anunciado.
Espero un segundo. No me interrumpe y prosigo.
- … Soy chileno y asistí con Ancika, perdón, con Anna al mismo curso en el colegio veinte años atrás. No vivo en Alemania y sólo estoy de paso. Regreso esta noche. Es por eso que he aprovechado el viaje para hacerle una visita. Fuimos amigos, me escucho decir eso con una piedra en la garganta, ¿Podría saludarla?
No me atrevo a ser más directo. Él no contesta inmediatamente, pero escucho una conversación amortiguada por la mano en el auricular.
- Suba señor Maldonado, dice mientras se abre de golpe la puerta.
Arriba, apenas piso el departamento, veo a Ancika. Es hoy una mujer extraordinariamente atractiva. Viste elegantemente, con un iniforme de trabajo, quizás. Su pelo es suave, parece más claro de lo que recordaba, tiene la piel muy blanca. Por el contrario, los ojos son oscuros. De hecho son negros y, a pesar de ello, están llenos de luz. Cómicamente, no se da el estereotipo de una bella mujer emparejada con un bello hombre. El señor Zimmermann es muy poco agraciado. Tiene un aspecto tosco. Sus dientes están muy deteriorados, escondidos detrás de un tupido bigote de campo. Tiene manchas en la ropa y lleva el cabello desordenado y grasiento. Se ve divertido y es muy amable. Me invita a sentarme. Va a la cocina y vuelve con té. Me sirve una taza. Estamos hablando él y yo. Ancika mira con gracia, pero no habla. Nos ocupa el clima. Hablamos de la lluvia. Me río cuando lo oigo decir que para él la lluvia es como un enemigo con el que hay que aprender a convivir. Le explico mis risas diciendo que algo muy parecido a eso pensaba yo cuando esperaba debajo de su edificio. Me dice que está muy contento de conocer a uno de los amigos de infancia de su esposa. La mira y le comenta que le extraña que nunca le haya hablado de mi. Ella no le responde, pero aprovecha el silencio para ofrecerme galletas. Él comenta las cosas que sabe de Chile y me hace preguntas sobre mi trabajo. Es muy alegre y da gusto estar en su compañía. Entiendo muy bien a Ancika. Agradezco el monólogo de su esposo, pues me permite mirarla y pensar. La miro bien. Está tranquila, su silencio no es forzado y, en contra de mis temores, está cómoda con mi visita, siguiendo el curso de las palabras de su esposo. Las celebra con risas. Me mira alternadamente para escuchar mis respuestas con atención. Me acerca una servilleta. Reconozco a la misma chica que conocí cuando yo miraba con otros ojos: delgada, introvertida, un poco ausente. Pero parece más fuerte ahora, segura y confiada. Les doy más detalles de mi vida y en particular de mi visita, la primera después de regresar a Chile tras terminar la secundaria. Ellos escuchan interesados mis crónicas, pero siento que la conversación ha llegado a su fin así. Es el momento de dar otras explicaciones, pienso. Me interrumpo y la miro con una confianza inmerecida.
- Ancika, digo no sin percatarme que es la primera vez que la nombro con su antiguo nombre, querría aprovechar la visita para decirte algo que he querido decirte hace mucho tiempo.
La miro a ella y a su esposo alternadamente, dándoles a entender que preferiría hablar a solas con ella. Ancika entiende el gesto. Habla por primera vez y dice que Johann puede escuchar. Johann Zimmermann la mira con la expresión de quien acaba de descubrir que le han hecho trampa en un juego. Ella bebe insistentemente de su taza de té.
- He venido a darte las gracias por lo que hiciste aquella mañana, digo mirándome los zapatos.
- Señor Zimmermann, digo, muchos años atrás, cuando estábamos en la escuela de Ditzingen, su esposa me ayudó en un accidente. Nunca tuve la oportunidad de agradecérselo, pero no he olvidado lo que ocurrió.
Entonces doy otro paso y digo lo que he venido a decir.
- Pero además he venido a pedir perdón.
Entonces ella levanta súbitamente la mirada y se pone muy seria, busca mis ojos y me clava los suyos. Me enfrento a esa mirada que ambos recordamos bien.
- ¿De qué quiere disculparse?, me pregunta Johann mirándola a ella, rogándole con un suave apretón del antebrazo. Acaba de descubrir una parte de la historia de ella que desconocía.
Ella se agacha otra vez, deja la taza en la mesa. Luego levanta la cabeza y dirige su mirada hacia la ventana, y deja que se vaya a través del vidrio, hacia el horizonte oscuro de la noche lluviosa. Veo que tiembla más y que, por primera vez desde que la conozco, se le humedecen los ojos. Da la espalda a su esposo. Sólo yo veo la lágrima que cae por su mejilla. Ancika no deja que Johann la vea así. Noto de pronto la enorme diferencia que hay entre dar las gracias y pedir perdón. Quizás sólo sea posible publicar frente a él la historia del accidente de la escalera.
Pienso unos segundos sobre lo ocurrido y luego pido a Johann otra tasa de té. Cuando su esposo se levanta a la cocina, Ancika me mira otra vez, sin secarse la lágrima. Asiento en silencio poniéndome el dedo índice entre mis labios. Ella vuelve a agachar la mirada. La sombra de su pelo en la cara me impide asegurar que lo que veo es una sonrisa. Cuando Johann regresa ya me he levantado y estoy caminando afuera, sin poder evitar que la lluvia me siga mojando hasta que me aleje definitivamente de ahí.
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