jueves, febrero 16, 2006

J.M. Coetzee en medio de ninguna parte

Leo y veo que hay coherencia y lógica al interior de la vivencia de la desolación. Es la coherencia del lenguaje: única armadura, único y final sostén consciente frente a la destrucción, el desgaste, el dolor, la vejez y la muerte. Bueno, la muerte no, pues ahí no hay letra, o mejor dicho no sabemos lo que hay (si es que es apropiado usar esa contradictoria expresión ontológica para referirse a la muerte). La soledad extrema, el desamparo, el sufrimiento de la violencia y la necesidad extraña de provocarla, el desamor y la falta de creencia en los otros. Dónde nace este estado? Cuándo nace?

Eso es una de las cosas que pensé cuando leí "En medio de ninguna parte" (In the heart of the country) de J.M. Coetzee. Pensé eso, y también pensé que la belleza alcanza niveles infrecuentes en esta novela. Descubrí un gran escritor (ya largamente descubierto por la crítica internacional, por sus pares escritores, que lo respetan y lo leen con avidez, y por la academia sueca, en 2003.

Extraña traducción la de reemplazar "En el corazón del país (o campo o ambos)" a "En medio de ninguna parte". Extraña, pero no falta de inspiración, pues ese título que ilustra la imposibilidad describe con certera metáfora el sentimiento de vacío que desgarra la vida de la protagonista de la novela. Auinque el traductor cambia la inclusión total por la exclusión total. No es menor.

Estar en medio de un no-lugar. Es decir, donde no se puede estar. Donde no hay un donde. ni siquiera un hay. Como en la muerte, ya está dicho.

Tampoco hay sentimientos que reemplacen la existencia de un lugar que literalmente acoja a quienes lo habitan. La tranquilidad de estar, de ser y de estar. Coetzee escribe con lágrimas en sus ojos, despidiéndose de su no-lugar. Hay mucho amor en la vivencia del escritor, pero no hay esperanza (lo que se ve reflejado también y con igual dureza, en su libro "La edad de hierro"). En medio de ninguna parte, parece decir que nadie puede sobrevivir en un lugar como este.

Pero ese lugar no tiene una causa aparente. No es posible reconocer una causa. Está ausente la linea del tiempo. Está claro que no hay un futuro, pero tampoco hay pasado. En la vivencia onírica permanente, embotada, en el intento inútil de ordenar en forma de diario lo que pasa a su alrededor, la protagonista nos transmite la ausencia de tiempo y de espacio, de mundo interno confundido con el real. Quienes la observan no sufren ni se sorporenden, pero la miran y la observan. Qué escenario brutal.

En medio de njinguna parte es una metáfora de Sudáfrica, pero se extiende a otros no-lugares.

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