Quiero destacar algunas novelas que me han impresionado por su forma narrativa. Novelas circulares, que buscan menos el imitar la realidad que el provocar admiración literaria, aunque sus contenidos reflejen incluso eventos horrendos de nuestra historia actual y reflexionen acerca de ellos. Son novelas que dejan entrever que sus autores aman la poesía, que usan el tema como excusa para elaborar un producto artístico bello.
Expiación, de Ian McEwan. Aunque las inimaginables y terribles consecuencias que un acto infantil puede provocar, y que quedan flotando silenciosa y casi imperceptiblemente a lo largo del relato, éstas necesariamente salen a la superficie y explotan en la cara del lector hacia el final de la novela: Momento de encuentro con la intimidad de la propia historia personal del lector, que Mc Ewan amplifica cuando la anciana protagonista puede ya, tranquila y descansada, como si su creador finalmente le diera tregua, retomar lo que ella misma interrumpió tantos años y tantas páginas atrás. La metáfora de la obra teatral que no llegó a presentarse, pero que es retomada por generaciones posteriores, da un a circularidad hermosa a la novela que supera toda dimensión moral relacionada con el arrepentimiento y la culpa, y no limita a esto último la lectura de la historia.
La piel fría, de Alberto Sánchez-Piñol. Sentirse completa y absolutamente controlado por el autor de esta historia. Hay elementos cinematográficos que han permeado la literatura, definitivamente. Esta novela despierta más que otras la necesidad de figuración visual, que están facilidatas también gracias a la maestría poética del escritor. El poder de manejar el tiempo, y la obvia circularidad de éste, que aunque sea obvia no revela a los protaginistas ni a los lectores las claves del futuro. El futuro no existe y el pasado tampoco. La memoria se pierde, el miedo se pierde, el sentimiento se pierde. Lo que queda es lo que llamamos civilización.
21 años y un día, de Jorge Semprún. Acá hay más que un intento por crear una obra bella. Acá hay un compromiso con la verdad, con la verdad y con la verdad. Semprún no quiere relativismos. No quiere un "bueno, no fue tan así, en realidad, todos tienen algo de culpa". Es una mirada vivaz, ágil, entretenida incluso, al absurdo de un conflicto histórico particular. Al leer la novela crece el convencimiento de que lo que el autor, siempre confundido con el narrador, ha aceptado definitivamente es la pérdida de la esperanza en que los humanos cambien. La repetición de los hechos históricos es lo único indudable (Buchenwald, Madrid, Santiago, esta última ciudad la puse yo). De ahí la circularidad.
viernes, febrero 17, 2006
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