
Querido Dr. Corazón:
Te escribo para que me des tu consejo sabio. Me llamo Rosa Luna, tengo 18 años y estoy muy preocupada. Mi novio, de 23 años, es amante de la música. Es su tema preferido y a veces creo que es el único. Gasta mucho dinero en música: cassettes, LPs, CDs, colecciona la música de cientos de cantantes nacionales y extranjeros, conocidos o desconocidos para mi. Pareciera que cada uno de ellos fuera su grupo o cantante favorito, pues enloquece cuando encuentra un disco descatalogado o gime comentando que tal disco, tal carátula, tal canción, tal solo de guitarra o cada coro le trae el recuerdo más preciado de su infancia o juventud. Llora con canciones pop que hasta yo desecharía por mediocres, sube el volumen de la música cuando vamos en el carro y cuando tiene algo importante que decirme primero busca el tema o la canción adecuada, la toca y, esperando al clímax de la misma, me cuenta aquello que anunció.
Es en el mismo sentido de lo que acabo de referirte que mi preocupación por él ha pasado de central a desesperada. Hace unos meses que insiste en hacer el amor escuchando el disco The Dark Side Of The Moon de Pink Floyd. Al comienzo lo encontré hermoso, pues hay muchas canciones en ese disco que yo no titubearía en describir como relajadas o lentas. No escondo que la aparición en un momento del sonido de varios relojes despertadores me desconcentró y me hizo reír. No supe sino hasta entonces lo seria que es su inclinación por la música, pues ante mi risa él interrumpió el acto y me preguntó secamente que cuál era la razón de mi risa Yo le contesté insegura que los despertadores que acababa de oír no eran precisamente la música de fondo que más me seducía. Él argumentó subiendo el tono de voz que la razón de ser de los mismos era que anunciaban un clásico, una de las mejores canciones de Rock Progresivo (“progresivo” fue la palabra que usó, y las ganas de seguir teniendo sexo con él disminuyeron aún más), una de las creaciones más importantes de todos los tiempos, y que casualmente se llamaba Time, que en inglés quiere decir Tiempo, tal como sorpresivamente había dicho él en su última frase. Traté de contenerme, pero no pude, enrabiada como estaba y dije que a mi me parecía que los despertadores anunciaban que ya era hora de parar y me levanté furiosa, cogí mis ropas y me encerré, como corresponde a una escena como esta, en el baño.
Dr., tú pensarás que lo acontecido es el reflejo de una relación que está pasando por un mal momento, pero debo contradecirte, yo lo amo y sólo estoy muy preocupada y angustiada por él. Sobre todo porque tras este primer incidente, que yo creí haber ganado a mi favor, especialmente debido a que a mi me parecía absurdo y fuera de toda posibilidad de cuestionamiento, el ponerse a discutir acerca de la estética del Rock estando como estábamos en plena relación sexual, tras ese incidente, digo, vino otro y otro más, y otro más, y así hasta hoy, y en cada uno de ellos, como si nada hubiese pasado nunca, puso el mismo disco e insistió en hacer el amor escuchando mecánicamente la misma obra depresiva de ese grupo Inglés.
Yo cedí porque lo quiero, pero también porque en ese momento me fui convenciendo de que la exagerada era yo, y me dije que nada malo podía haber en que él deseara estimularse con música, con la que fuere, con la que le provocara el momento. Lo que no entendía era por qué tenía que ser Pink Floyd? ¿Y siempre con El Lado Oscuro De La Luna?
En una ocasión, y para no alterar su ánimo ni ser demasiado intrusiva o sarcástica como la primera vez, cambié el disco por otro, pero mantuve a Pink Floyd. Y lo hice absolutamente de buena fe. Me informé en una tienda de discos, con uno de sus vendedores, respecto de cuál CD produciría la misma reacción, que fuese similar al Dark Side...Obviamente mi plan era ponerlo en la noche y provocar así en mi novio una fresca y agradable sorpresa que no cambiara sustancialmente sus expectativas, pero que renovara su pasión por mi al mismo tiempo que por su música, y así fue que, siguiendo la instrucción del vendedor experto, compré el disco “Animals”. Éste, al verme evidentemente compungida emocionalmente, me preguntó de qué se trataba mi problema y yo accedí a darle varios detalles íntimos. El vendedor, contrariamente a lo que yo esperaba, sólo tuvo palabras solidarias para con mi novio. Encontró que era normal lo que él hacía e incluso, sin ninguna intención seductora, me relató sus propias inclinaciones musicales al momento de tener sexo. A él, según me comentó – y trascribo sus propias palabras-, le sentaba tirar con Marvin Gaye, especialmente con el Volumen 2 de sus Grandes Éxitos. Añadió con una expresión absorta, pero pícara, que le gustaba acabar escuchando “Mercy Mercy Me”.
Sigo con el relato. Puse el disco Animals en el equipo. Cuando nos aprestábamos a amarnos y ya había comenzado el preámbulo se levantó, como si se le hubiese olvidado algo esencial, a pulsar la tecla play. No es que se le olvidara. Él actúa más como un tramoya que, escondido detrás de un escenario, va pulsando botones y tirando cuerdas para pintar los paisajes, mover las aguas artificiales, elevar a los ángeles actores, ambientar las escenas. Tras soltar el aparato se dio vuelta hacia mi con rostro complacido, internado en su mente a la espera de las pulsaciones y gritos que anteceden el primer riff de David Gilmour en la pista 1 del Dark side of the moon. La expresión le duró dos segundos, pues inesperadamente para él (y para mi, que también me había acostumbrado a la misma canción de siempre) se escuchó el sonido de una guitarra acústica muy folk, con acordes tradicionales, y tras ello la voz de Roger Waters cantando la frase “If you didn’t care, what’d happen to me?...” y mi novio, desconcertado, me preguntó si se trataba de una broma. Yo le aseguré que no, y que lo había hecho para agradarle. Sin mayor introduccón se lanzó en una perorata acerca de por qué el Animals no estaba a la altura del Dark Side..., de que en realidad no superaba siquiera al Wish you were here, que los discos The Wall, The Final Cut y Atom Heart Mother superaban con creces al Animals. Que lo último que habría esperado de mi había acabado de ocurrir. Que la palabra traición...etc. Tras un momento y una breve explicación mía, me preguntó acerca de quién me había dado la idea de que esto podría alegrarle durante el acto sexual. Dijo esto mientras se iba del cuarto. Y una vez más rompimos el momento, me quedé sola, y embriagada de un sentimiento mixto de pena y rabia, terminé de escuchar el disco. No me provocó una sensación favorable. Y ello disminuyó mi rabia, no así mi tristeza.
Dr. Corazón. Por favor no se enoje si le cuento que antes de usted ya acudí a otro especialista. Un psicólogo que me recomendó una amiga (que estudia psicología) que pretendió ver en todo esto algún conflicto secreto o escondido, no recuerdo qué palabra usó, ni a qué se refería, pues intentó explicármelo ella misma diciéndome que la cuestión estaba clara como el agua, incluso se explayó varios minutos en teorías sexuales y sentimentales. La única que recuerdo, porque me hizo reír, es aquella que sostenía que el problema era que él manifestaba un amor profundo por mi y en ningún caso lo contrario, pues, según su observación, la afición fanática y hasta obsesiva por el Dark Side Of The Moon, era a su vez una compulsión por mi persona, dado que me llamo, como ya le he escrito, Rosa Luna. La traducción de partes del nombre del grupo y del disco al español aclara por sí sola las cosas. Reconozco que es una casualidad sugerente. Fui al psicólogo y le conté mi situación. Me escuchó atentamente. Tuvimos varios minutos en incómodo silencio. Esperé. Él anotaba y anotaba cosas que yo creía no haber dicho, pues fui muy breve en mi relato. Tras el lapso mencionado me mostró lo que había escrito. De hecho me pasó el cuaderno para que lo leyera en silencio. Me faltó el aire al leer lo que mis ojos no podían creer. Frente a mi había una lista, un ranking. Él no me permitió hacer lo que me sugirió, pues al momento de ponerme a leer comenzó a recitar de memoria lo que había escrito. Cito textual:
“10. El delicado sonido del trueno
9. Pulso
8. Madre de corazón atómico
7. Una momentánea pérdida de razón
6. El corte final
5. Ummagumma
4. Desearía que estuvieses aquí
3. Oscurecido por nubes
2. El muro
1. El lado oscuro de la luna”
Y luego agregó triunfal: El número siete también se puede traducir como “un momentáneo lapso de razón”; yo no soy purista, y no creo que Pink Floyd sea sólo Roger Waters, por lo que he decidido incluirlo en los diez más grandes de todos los tiempos. Tampoco soy tan vanguardista como para poner los discos de los sesenta, salvo el Ummagumma, que en vivo está muy bueno, claro que algo caro. De hecho, continuó, se lo grabé a un amigo. Y siguió diciendo que como yo podía advertir, el Animals no estaba en la lista. Dijo esto como esperando de mi parte una vivencia de insight existencial, esperándome, mirándome con sus torturadores ojos. Como no dije nada se puso a concluir con aires de experimentado académico que todo era culpa mía por no haberme percatado de semejante error. Rosa Luna, agregó triunfal, yo hago el amor con el Muro. Como fruncí el ceño y puse cara de asco, agregó con rostro aburrido que se refería al disco. Le di las gracias, pagué (¡pagué!) y me fui.
Dr. Corazón, te escribo para que me des tu consejo sabio. Eres el único que me queda.
*-*-*-*
Querida Rosa Luna,
Sólo una neurótica como tú puede sacar el dark side of the moon de un equipo de música y poner en su lugar el Animals.
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