
Y me lanzo San Cristóbal abajo, hacia la ciudad de los grandes; ojos bien abiertos, silbándole a los niños distraídos, soplando con fuerza, tal como me enseñó mi padre de chico: que a los hombres hay que chiflarles sin dedos en la boca, como roto. Entonces su silbido caía del cielo cuando se acababa el día. Yo tomaba la bici y dejaba el juego botado para llegar rápido hasta él y saltar en sus brazos.
Desde hoy ya no está conmigo. Subí a encargárselo a la Virgen, de espaldas a nuestra ciudad: Ahora seré un rayo, no dejaré que las lágrimas me hagan caer.
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