sábado, diciembre 23, 2006

Armas Químicas


Acabo de ganar una batalla en esta larga guerra contra las pulgas. Caen como moscas muertas a la tierra. Menos mal que existen las armas químicas. El carbarilo ha venido en mi ayuda. Por ahora puedo descansar. Pero ya las escucho venir otra vez. Miau.

viernes, diciembre 22, 2006

Fiebre


Hay un período durante el proceso de maduración o crecimiento en el que nos encontramos en tierra de nadie. Me refiero a que en esa época de nuestras vidas no estamos seguros de ser niños o jóvenes, aunque, está claro que todavía vemos a la mayoría de los adultos con suspicacia. Digo a la mayoría, porque de vez en cuando alguno de ellos irrumpe y no nos provoca retraimiento ni desconfianza, sino todo lo contrario. Tampoco somos considerados como niños por todos ellos ni plenamente jóvenes o adolescentes. De hecho adolecemos de toda definición, no somos estables a los ojos de nadie. No sé qué edad es esa, pero con seguridad es en algún momento entre los 9 y los 12 años. Durante esa época tenemos preocupaciones sexuales, por cierto, pero son, a la luz de los años posteriores, absolutamente inocentes, ingenuas. Los cuestionamientos sexuales equiparan a los que uno tiene respecto de cualquier otra cosa.
Me acuerdo la fascinación que me provocaba fantasear que yo jugaba en Palestino, el equipo que Óscar Fabbiani, y que él era mi amigo, o el regocijo íntimo que me provocaban las imágenes al agacharme en secreto a mirar entre las piernas a mis compañeras de curso. En ambos casos era la vida entera lo que yo ponía en juego. Dentro de mi cabeza, claro está, pero no era otra cosa que un juego. Y de eso se trata la infancia, de jugar. La realidad (la “ley” de la realidad, para ser exactos) es desconocida para los niños, no así para los adultos, quienes están impedidos de arrancar de las garras de dichas leyes, y deben subyugarse a ellas, con nostalgia de aquellos tiempos en que el mundo tenía un horizonte redondo de felicidad.
Y sin embargo hay hitos que empiezan a contaminar este mundo infantil, a quebrar el hechizo del juego, a erotizar las personas y las reglas empiezan a romperse, como un tramposo opera con las reglas del juego favorito. Y es como una enfermedad, pues los cambios que se suceden fuera y dentro de uno se viven con calor, con cosquillas, con aceleración, con fiebre. El día que se abrió la puerta de la realidad para mi (y con ella se abrió la del futuro), el día que confié en un adulto y me dejé llevar por él hacia un nuevo juego fue cuando la hermana mayor de Robbie Küpfer me enseñó a bailar.
No entraré en detalles acerca de su edad y belleza, es decir, no caeré en la inexactitud de incluir elementos reales en un relato que describe justamente la falta de ellos (o de la importancia objetiva que los adultos damos a ellos). “Para mi” ella era una adulta, “para mi” era de una infinita belleza.
Hubo una fiesta y yo asistí como siempre vestido de camisa roja, con un regalo para Robbie, muchas ganas de jugar fútbol con mis amigos. A mis diez años yo no convivía con mujeres, aunque, como ya adelanté, comenzaba ya a apreciar los placeres ocultos e inalcanzables para un chico de esa edad. Ese día se celebraba a una de las hermanas mayores y había por lo tanto, una gran cantidad de invitados “adultos”. Sin que a mi me llamara mayormente la atención ellos habían decidido bailar. Y ponían una y otra vez las mismas canciones. Desde el jardín y entre pelotazos, gritos y barro, escuchaba como al interior de la casa los grandes aplaudían y cantaban alegremente. La curiosidad pudo más y dejamos de jugar para ir a mirar. Cuando llegué al borde del grupo pude ver a la hermana de Robbie en movimiento. Describía unos pasos muy divertidos que los demás repetían y copiaban instintivamente. Se ponía una mano en la cadera mientras con el otro brazo estirado hacia delante, también el dedo índice, describía una circunferencia horizontal, marcando el ritmo de la canción e indicando de frente a cada uno de nosotros, mientras giraba su tronco de un lado al otro. Luego indicaba alternadamente al techo y al costado, de modo rápido. Cuando hacía esto los demás proferían gritos de alegría que pronto me contagiaron. Los adultos vieron en mi rostro un compromiso y súbitamente había varios de los invitados que trataban de jalarme hacia el centro de la improvisada posta de baile. Yo, con toda la energía y la intolerancia que un niño de 10 años puede ofrecer para oponerse a tal asalto trataba sin éxito de soltarme. Y estaba a punto de conseguirlo cuando vi el rostro de la hermana de Robbie que se había cruzado en el camino que me quedaba entre la montonera y el jardín. Bastó que dijera una palabra para que los demás me liberaran. Luego me acarició e hipnotizó en el acto. Ese momento de encantamiento lo he vivido muchas veces más en mi vida, pero ninguno ha sido tan convincente. Nunca más he vuelto a someterme con tanta entrega como en aquella tarde (las fiestas a fines de los 70 eran en la tarde). Luego, tras constatar que yo cesaba en mi afán de salir corriendo y verificar que los demás se hacían a un lado, ella me tomó de la mano y me situó en el medio del salón e indicó a un invitado que estaba al lado del equipo de música, con un gesto silencioso, pero decidido, que tocara de nuevo Fiebre de Sábado por la Noche (Eso es lo que dijo, aunque hoy sé que estaba en un error, pues la canción es Night Fever y no Saturday Night Fever, que es el nombre de la película que por esos días enloquecía a tantos).
Lo que sigue es una serie de pasos coreográficos que olvidé completamente, salvo los que ya he descrito y que recuerdo por haberlos visto bailar a ella, no porque los sienta propios. Lo que sigue es también una revelación.
Es el momento en que descubrí a mi primer grupo musical favorito. Escuchar a los Bee Gees, con los brazos de esa Mujer a mi alrededor, con su pelo rubio y desordenado saltando sobre su cara (y sobre la mía), su benevolencia, su infinita dedicación, me transportaron de ahí hacia un mundo que no conocía y que devendría en mi espacio favorito.

Entre-vista



Cuénteme Usted, que no es de acá ¿qué opina de nuestra ciudad?
Es dura. Su gente no la habita de verdad, porque habitarla es vivirla, tranquila y luminosa. Me figuro acá la presencia de un dolor como suspendido en el aire, incrustado en manos y pechos, respirado, exhalado, perceptible en sus caras, en sus ruidos –puedo escuchar gritos y aullidos-, y en el andar de los perros solitarios. Nunca vi tantos ni tan tristes.

¿Cuál dolor?
¿Ve? A eso me refiero con “respirado”, ni siquiera le es conciente, como el aire. Pero no es un dolor imaginario, es material: se toca. Y se carga.

¿Acaso en su ciudad no sucede esto?
No señor, yo vengo de Valparaíso.

Seré un rayo


Y me lanzo San Cristóbal abajo, hacia la ciudad de los grandes; ojos bien abiertos, silbándole a los niños distraídos, soplando con fuerza, tal como me enseñó mi padre de chico: que a los hombres hay que chiflarles sin dedos en la boca, como roto. Entonces su silbido caía del cielo cuando se acababa el día. Yo tomaba la bici y dejaba el juego botado para llegar rápido hasta él y saltar en sus brazos.
Desde hoy ya no está conmigo. Subí a encargárselo a la Virgen, de espaldas a nuestra ciudad: Ahora seré un rayo, no dejaré que las lágrimas me hagan caer.

El Lado Oscuro del Doctor Corazón


Querido Dr. Corazón:
Te escribo para que me des tu consejo sabio. Me llamo Rosa Luna, tengo 18 años y estoy muy preocupada. Mi novio, de 23 años, es amante de la música. Es su tema preferido y a veces creo que es el único. Gasta mucho dinero en música: cassettes, LPs, CDs, colecciona la música de cientos de cantantes nacionales y extranjeros, conocidos o desconocidos para mi. Pareciera que cada uno de ellos fuera su grupo o cantante favorito, pues enloquece cuando encuentra un disco descatalogado o gime comentando que tal disco, tal carátula, tal canción, tal solo de guitarra o cada coro le trae el recuerdo más preciado de su infancia o juventud. Llora con canciones pop que hasta yo desecharía por mediocres, sube el volumen de la música cuando vamos en el carro y cuando tiene algo importante que decirme primero busca el tema o la canción adecuada, la toca y, esperando al clímax de la misma, me cuenta aquello que anunció.
Es en el mismo sentido de lo que acabo de referirte que mi preocupación por él ha pasado de central a desesperada. Hace unos meses que insiste en hacer el amor escuchando el disco The Dark Side Of The Moon de Pink Floyd. Al comienzo lo encontré hermoso, pues hay muchas canciones en ese disco que yo no titubearía en describir como relajadas o lentas. No escondo que la aparición en un momento del sonido de varios relojes despertadores me desconcentró y me hizo reír. No supe sino hasta entonces lo seria que es su inclinación por la música, pues ante mi risa él interrumpió el acto y me preguntó secamente que cuál era la razón de mi risa Yo le contesté insegura que los despertadores que acababa de oír no eran precisamente la música de fondo que más me seducía. Él argumentó subiendo el tono de voz que la razón de ser de los mismos era que anunciaban un clásico, una de las mejores canciones de Rock Progresivo (“progresivo” fue la palabra que usó, y las ganas de seguir teniendo sexo con él disminuyeron aún más), una de las creaciones más importantes de todos los tiempos, y que casualmente se llamaba Time, que en inglés quiere decir Tiempo, tal como sorpresivamente había dicho él en su última frase. Traté de contenerme, pero no pude, enrabiada como estaba y dije que a mi me parecía que los despertadores anunciaban que ya era hora de parar y me levanté furiosa, cogí mis ropas y me encerré, como corresponde a una escena como esta, en el baño.
Dr., tú pensarás que lo acontecido es el reflejo de una relación que está pasando por un mal momento, pero debo contradecirte, yo lo amo y sólo estoy muy preocupada y angustiada por él. Sobre todo porque tras este primer incidente, que yo creí haber ganado a mi favor, especialmente debido a que a mi me parecía absurdo y fuera de toda posibilidad de cuestionamiento, el ponerse a discutir acerca de la estética del Rock estando como estábamos en plena relación sexual, tras ese incidente, digo, vino otro y otro más, y otro más, y así hasta hoy, y en cada uno de ellos, como si nada hubiese pasado nunca, puso el mismo disco e insistió en hacer el amor escuchando mecánicamente la misma obra depresiva de ese grupo Inglés.
Yo cedí porque lo quiero, pero también porque en ese momento me fui convenciendo de que la exagerada era yo, y me dije que nada malo podía haber en que él deseara estimularse con música, con la que fuere, con la que le provocara el momento. Lo que no entendía era por qué tenía que ser Pink Floyd? ¿Y siempre con El Lado Oscuro De La Luna?
En una ocasión, y para no alterar su ánimo ni ser demasiado intrusiva o sarcástica como la primera vez, cambié el disco por otro, pero mantuve a Pink Floyd. Y lo hice absolutamente de buena fe. Me informé en una tienda de discos, con uno de sus vendedores, respecto de cuál CD produciría la misma reacción, que fuese similar al Dark Side...Obviamente mi plan era ponerlo en la noche y provocar así en mi novio una fresca y agradable sorpresa que no cambiara sustancialmente sus expectativas, pero que renovara su pasión por mi al mismo tiempo que por su música, y así fue que, siguiendo la instrucción del vendedor experto, compré el disco “Animals”. Éste, al verme evidentemente compungida emocionalmente, me preguntó de qué se trataba mi problema y yo accedí a darle varios detalles íntimos. El vendedor, contrariamente a lo que yo esperaba, sólo tuvo palabras solidarias para con mi novio. Encontró que era normal lo que él hacía e incluso, sin ninguna intención seductora, me relató sus propias inclinaciones musicales al momento de tener sexo. A él, según me comentó – y trascribo sus propias palabras-, le sentaba tirar con Marvin Gaye, especialmente con el Volumen 2 de sus Grandes Éxitos. Añadió con una expresión absorta, pero pícara, que le gustaba acabar escuchando “Mercy Mercy Me”.
Sigo con el relato. Puse el disco Animals en el equipo. Cuando nos aprestábamos a amarnos y ya había comenzado el preámbulo se levantó, como si se le hubiese olvidado algo esencial, a pulsar la tecla play. No es que se le olvidara. Él actúa más como un tramoya que, escondido detrás de un escenario, va pulsando botones y tirando cuerdas para pintar los paisajes, mover las aguas artificiales, elevar a los ángeles actores, ambientar las escenas. Tras soltar el aparato se dio vuelta hacia mi con rostro complacido, internado en su mente a la espera de las pulsaciones y gritos que anteceden el primer riff de David Gilmour en la pista 1 del Dark side of the moon. La expresión le duró dos segundos, pues inesperadamente para él (y para mi, que también me había acostumbrado a la misma canción de siempre) se escuchó el sonido de una guitarra acústica muy folk, con acordes tradicionales, y tras ello la voz de Roger Waters cantando la frase “If you didn’t care, what’d happen to me?...” y mi novio, desconcertado, me preguntó si se trataba de una broma. Yo le aseguré que no, y que lo había hecho para agradarle. Sin mayor introduccón se lanzó en una perorata acerca de por qué el Animals no estaba a la altura del Dark Side..., de que en realidad no superaba siquiera al Wish you were here, que los discos The Wall, The Final Cut y Atom Heart Mother superaban con creces al Animals. Que lo último que habría esperado de mi había acabado de ocurrir. Que la palabra traición...etc. Tras un momento y una breve explicación mía, me preguntó acerca de quién me había dado la idea de que esto podría alegrarle durante el acto sexual. Dijo esto mientras se iba del cuarto. Y una vez más rompimos el momento, me quedé sola, y embriagada de un sentimiento mixto de pena y rabia, terminé de escuchar el disco. No me provocó una sensación favorable. Y ello disminuyó mi rabia, no así mi tristeza.
Dr. Corazón. Por favor no se enoje si le cuento que antes de usted ya acudí a otro especialista. Un psicólogo que me recomendó una amiga (que estudia psicología) que pretendió ver en todo esto algún conflicto secreto o escondido, no recuerdo qué palabra usó, ni a qué se refería, pues intentó explicármelo ella misma diciéndome que la cuestión estaba clara como el agua, incluso se explayó varios minutos en teorías sexuales y sentimentales. La única que recuerdo, porque me hizo reír, es aquella que sostenía que el problema era que él manifestaba un amor profundo por mi y en ningún caso lo contrario, pues, según su observación, la afición fanática y hasta obsesiva por el Dark Side Of The Moon, era a su vez una compulsión por mi persona, dado que me llamo, como ya le he escrito, Rosa Luna. La traducción de partes del nombre del grupo y del disco al español aclara por sí sola las cosas. Reconozco que es una casualidad sugerente. Fui al psicólogo y le conté mi situación. Me escuchó atentamente. Tuvimos varios minutos en incómodo silencio. Esperé. Él anotaba y anotaba cosas que yo creía no haber dicho, pues fui muy breve en mi relato. Tras el lapso mencionado me mostró lo que había escrito. De hecho me pasó el cuaderno para que lo leyera en silencio. Me faltó el aire al leer lo que mis ojos no podían creer. Frente a mi había una lista, un ranking. Él no me permitió hacer lo que me sugirió, pues al momento de ponerme a leer comenzó a recitar de memoria lo que había escrito. Cito textual:
“10. El delicado sonido del trueno
9. Pulso
8. Madre de corazón atómico
7. Una momentánea pérdida de razón
6. El corte final
5. Ummagumma
4. Desearía que estuvieses aquí
3. Oscurecido por nubes
2. El muro
1. El lado oscuro de la luna”
Y luego agregó triunfal: El número siete también se puede traducir como “un momentáneo lapso de razón”; yo no soy purista, y no creo que Pink Floyd sea sólo Roger Waters, por lo que he decidido incluirlo en los diez más grandes de todos los tiempos. Tampoco soy tan vanguardista como para poner los discos de los sesenta, salvo el Ummagumma, que en vivo está muy bueno, claro que algo caro. De hecho, continuó, se lo grabé a un amigo. Y siguió diciendo que como yo podía advertir, el Animals no estaba en la lista. Dijo esto como esperando de mi parte una vivencia de insight existencial, esperándome, mirándome con sus torturadores ojos. Como no dije nada se puso a concluir con aires de experimentado académico que todo era culpa mía por no haberme percatado de semejante error. Rosa Luna, agregó triunfal, yo hago el amor con el Muro. Como fruncí el ceño y puse cara de asco, agregó con rostro aburrido que se refería al disco. Le di las gracias, pagué (¡pagué!) y me fui.

Dr. Corazón, te escribo para que me des tu consejo sabio. Eres el único que me queda.

*-*-*-*
Querida Rosa Luna,
Sólo una neurótica como tú puede sacar el dark side of the moon de un equipo de música y poner en su lugar el Animals.