viernes, agosto 22, 2008

La Hermana - Sándor Márai


Es un privilegio cada página de Sándor Marái que se lee. Aparte de la elegancia, la cuidada elección de metáforas y la acertada observación de sus personajes, el escritor húngaro tiene habilidades narrativas poco frecuentes. Es valiente, pues se atreve a incursionar en territorios humanos de difícil acceso, y lo hace con maestría, con el talento de un escritor que sale de su época.


En "La Hermana" (Salamandra) es una novela que se adentra en la intimidad confesional de un músico, Z, que transita por las etapas infernales de una enfermedad que lo lleva a limitar con la muerte y de la cual se recupera. Con la forma de un relato autobiográfico dentro del relato (el verdadero narrador en la novela es un escritor que casualmente se encuentra con el protagonista, tiempo después de su recuperación, en las montalas transilvánicas, donde pasan juntos unas semanas antes de la navidad de 1941, mientras Europa se cae a pedazos).


Z escribe las memorias de su enfermedad y la recuperación de ella, en Florencia mienras es huésped del gobierno italiano, a donde ha llegado invitado por la embajada, tras una ambigua sugerencia de alejarse de lo que la sociedad mira con preocupación, su supuesta intromisión en medio de un matrimonio. Por medio de los cuidados médicos y las atenciones de las hermanas enfermeras, así como de los inesperados diálogos y profundas conversaciones acerca de lo que significa vivir y morir, que lleva alternadamente con los médicos a cargo, se describen magistralmente los niveles de la existencia, la lógica de la enfermedad, el poder curativo de la mente y del corazón.


Con tranquilidad y genio Márai escribe probablemente una de sus mejores novelas.

viernes, agosto 01, 2008

Chesil Beach - Ian McEwan


Chesil Beach, novela por cierto muy placentera, especialmente debido a la elegancia y detallismo nabokoveanos de la prosa de McEwan, retribuye al lector por su originalidad, seriedad, profundidad y por su ambición intelectual.


McEwan tiene la capacidad de hacer transparente la relación inseparable que existe entre los fenómenos históricos, culturales, sociales con aquellos gestos personales de la esfera ás íntima imaginable. Los gestos no son operaciones conductuales aisladas, son el depositario de toda la cultura, herederos y agentes de la misma, los gestos le dan vida a los movimientos sociales y al mismo tiempo los padecen.


Las posibilidades de individuarse, de dominar los gestos, de sentir seguridad y reconocerlos, y actuar en consecuencia, pueden estar castradas en una época y los jóvenes amantes, cuya emoción mutua es digna y convincente pueden fracasar a la hora de intentar anunciar su individualidad. Son prisioneros de una época, la que atrapa sus valores, pero también su biología, ahogándolos en baño de inseguridad, incertidumbre, asco y dolor. Sentir placer y dar placer puede ser un castigo.


"Te amaré con mi cuerpo" es la frase que ambos más recuerdan de la ceremonia matrimonial, pronunciada por ambos apenas horas antes del encuentro en la cama de un Hotel en Chesil Beach, donde comienza, y termina, la luna de miel.


Gestos que atentan contra la paz y el amor que los ilusiona a ambos, gestos que gatillan el "desastre", gestos pasados que dejan de ser invisibles y que los convencen de que todo estaba anunciado de antes, gestos ausentes que los pueden salvar.

lunes, junio 02, 2008

Ancika


Antes de tocar el timbre respiro hondo y cierro los ojos. Estiro varias veces los dedos de mi mano derecha como si necesitara sacudir el frío de ella o como si requiriese un calentamiento previo antes de pulsar el botón, como si mi mano necesitara confianza. Estoy muy mojado y no dispongo de paraguas. Pienso que la lluvia no ha sido dramática, pero sí constante, como un paisaje de fondo silencioso al que es necesario saber acostumbrarse. Son las cinco de la tarde, y ya está oscuro como si fuera medianoche.


Me ha costado llegar hasta acá. He tenido que llevar a cabo una auténtica investigación para dar con su nombre actual. Finalmente lo he logrado. Ahora estoy por fin ante la puerta del edificio en que habita la familia Zimmermann. Busco a Frau Zimmermann. En el cuarto piso espero encontrar a Anna Zimmermann. Hoy me enterado que lleva ese nombre. Veinte años antes yo la conocí con otro.


Veinte años antes yo tenía 13 años de edad. Asistía a la escuela pública de Ditzingen, el pueblo en que vivía junto a mi familia. Mi padre trabajaba hacía muchos años para una empresa alemana avecindada en Chile. Había sido trasladado por unos años a la casa matriz, ubicada a 30 kilómetros de nuestro pueblo. Mi madre se ocupaba de la casa y pasaba su tiempo aprendiendo alemán con clases particulares que le impartía una vecina. Yo asistía a la escuela del pueblo. Todos los días caminaba junto a Francisco, mi hermano menor, desde nuestro departamento en una de las altas y alejadas calles del cerro Seil hasta la escuela. El tramo era caluroso, pero agradable en verano, aunque difícil en invierno. Los 25 minutos que tomaba el trayecto en verano se transformaban en 40 en invierno, debido al especial cuidado que había que tener cuando nevaba. A lo largo del camino se podía observar los bosques que rodeaban el pueblo y que se extendían en todas direcciones, adornando los cerros y las lomas de toda la región. Los paisajes eran tan desacostumbrados para mí que me descolocaban, incluso a esa edad.


Durante esas mañanas, antes de llegar a la escuela, me sentía libre, y disfrutaba estar a mis anchas. La rutina me hacía feliz. A veces, cuando uno se siente parte de algo los sentidos se amplifican hasta permitir que la memoria guarde hasta los detalles más insignificantes. La responsabilidad de acompañar a mi hermano menor aumentaba aún más esa sensación de dominio. Mis padres me lo habían hecho notar con claridad: "cuida a Francisco, que eres el mayor y van los dos solos".


Así bajábamos diariamente las largas escaleras que se descolgaban del cerro hasta un pequeño valle que se extendía desde la base, rodeado de arbustos y árboles, y que albergaba un Hotel, un supermercado y varias calles solitarias. Caminábamos por la calle más ancha, que unía el Seil con el cerro Kappelle, que se levantaba al frente, empinado, y que estaba poblado por decenas de casas de dos y tres pisos, con sus vigas al aire y sus simetrías perdidas hace muchos años. Desde nuestra orilla las casas dibujaban con carácter el paisaje.


A veces, a lo largo del trayecto, coincidíamos con otros alumnos que se dirigían a la escuela. Con sus mochilas cuadradas al hombro y sus rubios rizos cubiertos por capuchas o gorras térmicas, los alumnos alemanes se veían todos iguales. En invierno sus guantes sobresalían de las mangas de sus chaquetas con variados colores y todas las bufandas tenían el mismo nudo. Las botas engullían los pantalones arrugados. Todos caminaban boca abajo, ensimismados y con trancos largos. Hablaban entre sí sin mirarse. Salvo algún aislado gesto, no recuerdo que alguno intercambiara palabras con nosotros durante esos paseos matinales.


Al final del valle nos encontrábamos ante la escalera del cerro Kappelle. Esta vez había que subirla. Nos parecía una tarea imposible, pues era más alta que la anterior. Francisco me preguntaba si no conocía yo otra alternativa de camino. Yo le contestaba que si la escuela estaba en la parte más alta del cerro, lo mismo daba irse por un camino que por otro, pues igual había que subirlo hasta el final. Con ese argumento nos poníamos a subir los peldaños. El vapor salía ahora con mayor energía de nuestras bocas abiertas cuando pegábamos un último y decisivo salto al asomarnos a la calle al final de la escalera.


Cuando recién ingresé en mi curso y durante todos los meses de sordera y mudez idiomática, sufrí como todos los nuevos, ataques de violencia. Recuerdo que me hacían llorar por las noches. Intentaba convencer a mis padres de que me dejaran quedarme en casa al día siguiente o les imploraba que volviéramos a Chile. Les conté que me habían golpeado y que todos los días alguien se burlaba de Francisco. “¿Y por qué lo hacen?”, preguntó mi padre, “Porque somos negros” contesté llorando. Mi padre me escuchó tomando de la mano de mi madre, y luego dijo una frase que nunca olvidé: “El color no tiene nada que ver acá, cuando aprendas a hablar como ellos se olvidarán que eres distinto y dejarán de molestarte”. "Yo no quiero ser distinto de ellos", le dije. Recuerdo que miró a mi madre mientras me revolvía el pelo con su mano.


Con el tiempo, cuando aprendí su idioma, comencé a encontrarle la razón a mi padre. Fue el comienzo de una época en que jugaba permanentemente con la idea de que yo era otro alemán más. Fantaseaba que había nacido allí y que Chile era una ciudad aislada del sur de Alemania que casi nadie conocía y que nadie llegaría a conocer. Y me sentía mucho mejor.


El octavo C de la escuela pública de Ditzingen era sorprendentemente heterogéneo, su inventario rezaba así: Trece alemanes, una norteamericana, dos turcos, dos italianos, un portugués, un griego, un chileno y dos yugoeslavas. La mayoría correspondía por cierto a alumnos alemanes. Las edades fluctuaban probablemente entre los 12 y los 15 años. Los timbres de voz de al menos la mitad de los hombres estaban en vías de cambiar o ya lo habían hecho del todo. Tenía compañeros que medían a lo menos un metro ochenta centímetros y otros que no pasaban del metro con cuarenta. Las mujeres exhibían diferencias aún más notorias entre sí. Los pechos de algunas compañeras se habían desarrollado al máximo de lo que mi imaginación podía tolerar, otras los tenían aún tan lisos que sus cuerpos parecían los de unos chicos. Vivíamos una edad cruel, salvaje, definitoria. Hoy casi no guardo recuerdos o imágenes asociadas a mis compañeros, salvo las que están relacionadas con ella. Anna Zimmermann o Ancika Paloc, como se llamaba entonces. Ancika era una de las chicas yugoeslavas.


Se sentaba siempre en primera fila. Solía mirar por la ventana largos minutos, la cabeza girada como buscando afuera algo invisible para los demás. Usaba un pañuelo que cubría su cabeza de cabello oscuro. Era muy delgada, débil y pálida, tenía muchos granos en la cara y despedía un suave olor a comida.


Burlarse de Ancika era un pasatiempo grupal. Nos reíamos de ella, la seguíamos de cerca, habándole obscenidades al oído o gritándole escaleras abajo hasta el patio o la salida, la rodeábamos corriendo en círculos a su alrededor. La evitación del contacto físico con ella, era el fin último de un juego que jugábamos con puntaje. Si alguien la tocaba perdía puntos. Peor: si alguien la tocaba se enfermaba. Peor aún: si alguien le tocaba el pañuelo se convertía en una yugoeslava como ella.


Ella nunca protestaba o lloraba. No recuerdo que alguien la ayudara o socorriera. Ni siquiera la otra chica yugoeslava. No recuerdo haber oído reprimendas de los profesores por tratarla así. Molestar a Ancika era un juego permanente que jugábamos todos, dentro y fuera de las clases. En una oportunidad el profesor preguntó el nombre de un roedor que mostraba una conducta de hibernación, lo hizo mientras apuntaba a un a foto del mismo animal expuesta en el pizarrón. ¡Se llama Ancika!, gritó Armin, uno de los alemanes más grandes y mayores del curso. La clase entera rió a carcajadas. Yo también. Miré al profesor y noté con sorpresa que también reía con ganas. Ancika miraba por la ventana, como si en realidad sólo su cuerpo estuviese con nosotros, pero su mente muy lejos de ahí.


Había otros casos de maltrato. Mario, el portugués, tuvo que presenciar en una ocasión cómo un bolso nuevo, recién estrenado un día lunes por la mañana, era objeto de una sesión de torturas que concluyeron con su total destrucción en manos de al menos tres compañeros alemanes que lo cercenaron con una tijera. A Salvatore lo ataron a una bicicleta, sin pantalones y de espaldas, en el suelo del patio un día de invierno. Yo fui testigo de la desesperación del director cuando lo desató y trasladó a la enfermería, pero no recuerdo haber sentido compasión. Me entretuve mirando. Una vez encerraron a un chico en el baño. Cuando salió se encontró con una lluvia de orina y de risas proveniente de una fila de compañeros que bloqueaban la salida. A pesar de todos estos casos, con Ancika era distinto. Como si con ella deseáramos traspasar un límite.
Sin darme cuenta me había convertido en quien lideraba al curso en los juegos con Ancika. Los llamaba para arrastrarla al baño y mojarla ahí en días fríos o le robaba sus cuadernos. Me apretaba teatralmente la nariz cuando ella entraba en la sala, procurando que los demás me imitaran. Invitaba a que me siguieran a esperarla para sorprenderla en la entrada del pasillo. Así unos la asustaban, otros le escupían. Yo le gritaba “yugoeslava de mierda, vuelve a tu país”. Como única respuesta ella devolvía una mirada fija, clavada en mis ojos. Algo se movía dentro de mí cada vez que ella me miraba de esa forma.


Un día todo cambió. Debo ser preciso. Un día todo cambió para mi, no para ella. Por razones que ignoro o no recuerdo, una mañana caminé solo a la escuela, quizás estaba enfermo mi hermano. Lo hice probablemente más temprano que de costumbre. Llovía a cántaros y la nieve y el hielo comenzaban a derretirse. A pesar de todo hacía mucho frío. Bajé la escalera del cerro Seil con las manos en los bolsillos. En medio del inclinado trayecto resbalé y caí varios escalones sin poder controlar el impacto. Me golpeé la cabeza y quedé tendido en la base de la escalera, con mi mochila abierta y todo su contenido desparramado a mi alrededor. Pensé en mi mamá. No podía moverme y estaba completamente empapado. Me arrastré hacia el costado, con mucha dificultad e intenté ponerme de pie, pero no pude. Me puse a llorar de dolor y miedo, pero no sabía bien miedo de qué. Me percaté que alguien bajaba la escalera. Era un chico de la escuela que se detuvo unos segundos ante mis cosas dispersas. Con una bota exploró un cuaderno, pero luego siguió su camino sin desviar otra vez la mirada. La lluvia puede provocar que perdamos el sentido del paso del tiempo. No sé cuánto transcurrió hasta que otros pasos me sacaron del estupor. Era Ancika. Recogió un cuaderno y miró a su alrededor hasta que me vio. Se acercó y se inclinó ante Lo primero que hizo fue recoger todas mis cosas. Tomó los cuadernos, el estuche, la fruta y el sándwich que mi madre me preparaba diariamente. Tomó todo cuidadosamente, lo secó con su chaqueta y lo guardó en mi mochila. Luego la cerró y la puso muy cerca de mí. Yo la miraba sin decir palabra, asustado. Entonces ella me preguntó si podía caminar o si prefería quedarme sentado hasta que ella trajera más ayuda. Le contesté que prefería caminar, pero al intentar ponerme de pie nuevamente, volví a caer. Ella soltó un grito. Entonces me tomó de las axilas y, con toda su fuerza, me arrastró detrás de un arbusto que bordeaba el pie de la escalera y me dijo “escóndete aquí, espera hasta que vuelva, que no te vean. Si te ven así se burlarán de ti”. Traté de decirle algo, pero ella me detuvo, se puso el dedo índice entre los labios y luego se levantó y se puso a correr. Recuerdo a Ancika corriendo escaleras arriba, aún veo su pañuelo azul cubriéndola de la lluvia. Esos pasos pisando la lluvia y sus palabras resonaron en mi cabeza durante la media hora que tardó en volver, acompañada de mi madre. Sus palabras me siguieron dando vuelta por todo ese año y por muchos años más. Por veinte años.

***

Veinte años han transcurrido y todavía no me olvido de esa mañana. ¿Se habrá olvidado ella?
Ahora estoy en el alero del edificio. Tiemblo. La espera es impensadamente difícil. Sigue lloviendo. Suena el parlante:



- ¿Sí?, dice una voz de hombre.
- Buenas noches, digo, mi nombre es Maldonado. Disculpe la hora y el hecho de no haberme anunciado.
Espero un segundo. No me interrumpe y prosigo.
- … Soy chileno y asistí con Ancika, perdón, con Anna al mismo curso en el colegio veinte años atrás. No vivo en Alemania y sólo estoy de paso. Regreso esta noche. Es por eso que he aprovechado el viaje para hacerle una visita. Fuimos amigos, me escucho decir eso con una piedra en la garganta, ¿Podría saludarla?


No me atrevo a ser más directo. Él no contesta inmediatamente, pero escucho una conversación amortiguada por la mano en el auricular.
- Suba señor Maldonado, dice mientras se abre de golpe la puerta.


Arriba, apenas piso el departamento, veo a Ancika. Es hoy una mujer extraordinariamente atractiva. Viste elegantemente, con un iniforme de trabajo, quizás. Su pelo es suave, parece más claro de lo que recordaba, tiene la piel muy blanca. Por el contrario, los ojos son oscuros. De hecho son negros y, a pesar de ello, están llenos de luz. Cómicamente, no se da el estereotipo de una bella mujer emparejada con un bello hombre. El señor Zimmermann es muy poco agraciado. Tiene un aspecto tosco. Sus dientes están muy deteriorados, escondidos detrás de un tupido bigote de campo. Tiene manchas en la ropa y lleva el cabello desordenado y grasiento. Se ve divertido y es muy amable. Me invita a sentarme. Va a la cocina y vuelve con té. Me sirve una taza. Estamos hablando él y yo. Ancika mira con gracia, pero no habla. Nos ocupa el clima. Hablamos de la lluvia. Me río cuando lo oigo decir que para él la lluvia es como un enemigo con el que hay que aprender a convivir. Le explico mis risas diciendo que algo muy parecido a eso pensaba yo cuando esperaba debajo de su edificio. Me dice que está muy contento de conocer a uno de los amigos de infancia de su esposa. La mira y le comenta que le extraña que nunca le haya hablado de mi. Ella no le responde, pero aprovecha el silencio para ofrecerme galletas. Él comenta las cosas que sabe de Chile y me hace preguntas sobre mi trabajo. Es muy alegre y da gusto estar en su compañía. Entiendo muy bien a Ancika. Agradezco el monólogo de su esposo, pues me permite mirarla y pensar. La miro bien. Está tranquila, su silencio no es forzado y, en contra de mis temores, está cómoda con mi visita, siguiendo el curso de las palabras de su esposo. Las celebra con risas. Me mira alternadamente para escuchar mis respuestas con atención. Me acerca una servilleta. Reconozco a la misma chica que conocí cuando yo miraba con otros ojos: delgada, introvertida, un poco ausente. Pero parece más fuerte ahora, segura y confiada. Les doy más detalles de mi vida y en particular de mi visita, la primera después de regresar a Chile tras terminar la secundaria. Ellos escuchan interesados mis crónicas, pero siento que la conversación ha llegado a su fin así. Es el momento de dar otras explicaciones, pienso. Me interrumpo y la miro con una confianza inmerecida.


- Ancika, digo no sin percatarme que es la primera vez que la nombro con su antiguo nombre, querría aprovechar la visita para decirte algo que he querido decirte hace mucho tiempo.
La miro a ella y a su esposo alternadamente, dándoles a entender que preferiría hablar a solas con ella. Ancika entiende el gesto. Habla por primera vez y dice que Johann puede escuchar. Johann Zimmermann la mira con la expresión de quien acaba de descubrir que le han hecho trampa en un juego. Ella bebe insistentemente de su taza de té.


- He venido a darte las gracias por lo que hiciste aquella mañana, digo mirándome los zapatos.

Ella también agacha su cabeza y el cabello le cae sobre la cara, ya no hay pañuelo que lo sujete, por lo que no puedo ver su expresión. Johann pregunta de qué estoy hablando. Lo dice sin ánimo de interrumpir la conversación, esperando una respuesta de cualquiera de nosotros. Al no obtenerla retrocede, vuelve a callar, y retorna a su lugar de incómodo espectador.

- Señor Zimmermann, digo, muchos años atrás, cuando estábamos en la escuela de Ditzingen, su esposa me ayudó en un accidente. Nunca tuve la oportunidad de agradecérselo, pero no he olvidado lo que ocurrió.

Entonces doy otro paso y digo lo que he venido a decir.

- Pero además he venido a pedir perdón.

Entonces ella levanta súbitamente la mirada y se pone muy seria, busca mis ojos y me clava los suyos. Me enfrento a esa mirada que ambos recordamos bien.

- ¿De qué quiere disculparse?, me pregunta Johann mirándola a ella, rogándole con un suave apretón del antebrazo. Acaba de descubrir una parte de la historia de ella que desconocía.

Ella se agacha otra vez, deja la taza en la mesa. Luego levanta la cabeza y dirige su mirada hacia la ventana, y deja que se vaya a través del vidrio, hacia el horizonte oscuro de la noche lluviosa. Veo que tiembla más y que, por primera vez desde que la conozco, se le humedecen los ojos. Da la espalda a su esposo. Sólo yo veo la lágrima que cae por su mejilla. Ancika no deja que Johann la vea así. Noto de pronto la enorme diferencia que hay entre dar las gracias y pedir perdón. Quizás sólo sea posible publicar frente a él la historia del accidente de la escalera.

Pienso unos segundos sobre lo ocurrido y luego pido a Johann otra tasa de té. Cuando su esposo se levanta a la cocina, Ancika me mira otra vez, sin secarse la lágrima. Asiento en silencio poniéndome el dedo índice entre mis labios. Ella vuelve a agachar la mirada. La sombra de su pelo en la cara me impide asegurar que lo que veo es una sonrisa. Cuando Johann regresa ya me he levantado y estoy caminando afuera, sin poder evitar que la lluvia me siga mojando hasta que me aleje definitivamente de ahí.

Muy Cerca del Abismo (o el culo de Ángela)



La voz de Jon Anderson me provocó turbulencias internas la primera vez que la oí, y fue en septiembre de 1983. Sin saberlo aún, hacía varios años que la música se había convertido en un tema central de mi interés, pero hacía sólo unos meses que me había empezado a apasionar verdaderamente con los productos del Rock and Roll. No podía saber entonces cuán adentro se estaba clavando la espina musical, porque al momento de oír los sonidos, acordes y ruidos de la suite Close to the Edge yo contaba trece años de historia vital y casi nula conciencia de mi mismo.
Estaba yo junto a mis compañeros, disfrutando de los primeros pasos de libertad adolescente, en la mitad de un viaje de curso a Morrillos, cuando este balneario era sólo un camping más, entre otros tantos que se repartían las playas del norte de Chile. No tenía conciencia, pero tampoco vergüenza de mi mismo, es decir, no me dejaba llevar fácilmente por las presiones sociales comunes a esa edad, por lo que no es de extrañar que se me viera pasear por la playa con un equipo de música completo al hombro. Aunque el Walkman era bastante popular, entre otras cosas por su cómodo y razonable tamaño, no me había seducido: sentado en una duna de arena, entre mis mejores amigos, cada uno pertrechado con su Personal Stereo, escuchando sus canciones favoritas expulsadas desde los pequeños aparatos, subiendo a través de los cables hasta sus oídos estaba yo con un mini componentes al hombro, de propulsión a seis pilas grandes, liberando los palos de Bill Bruford y las cuerdas de Chris Squire, enfrentado al viento, ante una de las más bellas puestas de sol que vi en mi vida.

Al poco andar, la introducción instrumental de la canción se corta súbitamente por un coro sublime de voces que irrumpe armónico, que interrumpe la tensión creada por los músicos y su compleja interpretación jazzera. El corte dura un segundo y la vanguardia sincopada retoma su caudal. El canto afinado, a varias voces, destacadas las de Anderson por sobre las otras, es un simple “Ahhhhhh”, pero su aparición basta para transformar el tema en una obra inclasificable.
No sé con qué expresión en mi rostro infanto juvenil me descubrí formulando en voz alta una pregunta esencialmente estética y existencial, anonadado por la experiencia, no recuerdo qué dije exactamente, pero, traducida al lenguaje adulto de hoy debo haber soltado algunas palabras como estas: ¡Qué simpleza bella! ¿No es angelical y fabuloso lo que acabo de escuchar?, hablando solo, sin obtener respuesta. Por una parte, porque ninguno de mis amigos podía escucharme, envueltos como estaban por sus propias músicas, y por otra, porque ningún humano podría haberme contestado la pregunta. Hice un esfuerzo desmesurado y pulsé la tecla STOP para extraer el Cassette y buscar alguna palabra escrita que me aclarara el desconcierto (que contradicción más hermosa: estar desconcertado con un concierto musical sin parangón). Y sólo había una sola escrita en la huincha de papel del lado “A” de la cinta. Me quedé completamente boquiabierto al leer la respuesta a mi embobada pregunta. Ahí estaba la palabra “YES”. Miré a todos lados para cerciorarme que mis pensamientos no pudieran oírse, completamente atontado por la vivencia que acababa de tener. Me había preguntado si lo que había escuchado era fabuloso y desde el corazón del equipo, la fuente misma de mi admiración me había contestado en inglés que sí lo era. Di vuelta la cinta y pude leer la frase que no olvidaré jamás: escrita con plumón negro y letras mayúsculas, anguladas, decididas, fuertes, casi prepotentes, se leía “CERCA DEL ABISMO”. Volví a insertarlo para hacer lo que hasta hoy acostumbro cuando una canción me desordena la mente de placer: pulsé REWIND y volví a poner el tema desde el comienzo. Cerré los ojos, aspiré los mocos que se habían acumulado dentro de mi nariz como reacción a la disminución brutal de la temperatura de los últimos minutos y me puse a recordar cómo había llegado a mi esa maravilla.

Cinco meses antes había viajado por primera vez a Argentina con el equipo deportivo del colegio y me había alojado en casa de un chico que por azar me había sido asignado por la organización. Su nombre era Alberto, tenía unos dos o tres años más que yo y se pavoneaba de tener una gran colección de discos. En realidad yo habría hecho lo mismo. La colección era efectivamente la más extensa que yo había visto hasta entonces en mi corta vida. Hoy creo que no deben haber sido tantos, unos cien quizá, o un poco menos, pero la recuerdo infinita, imponente, pero por sobre todo, misteriosa y excitante. Mientras estuve en su casa, unos cinco días y sus noches, Alberto no paró de hablarme de lo lindas, hermosas, simpáticas y qué sé yo qué más, que eran mis compañeras de equipo, las que él había admirado en la estación de buses a la que habíamos arribado y donde él me había ido a buscar provisto de un letrero que tenía mi nombre escrito a mano, con plumón y letra mayúscula y con la misma letra que de pronto habría de reconocer al leerla sobre la cinta esa tarde de duna morrillana, meses después.

Hicimos una entretenida amistad, pero debo ser honesto: nunca logré concentrarme en simplemente pasar el tiempo conversando o en intercambiar historias y fantasías, ni menos en intentar conocer chicas del país de cada cual. Sus discos tenían la culpa. Me distraían. Y este magnetismo, gozosamente insoportable, que hoy es frecuente, común y conocido en mi, en ese momento me provocó una confusión desconocida y me hizo parecer un bicho de lo más raro. ¿Qué te pasa, Huevón? Me preguntó una vez Alberto, achilenando intencionadamente su expresión burlona, cuando notó que yo no lo miraba mientras él me contaba detalles acerca de las bondades del culo de una amiga mía. ¿Sos maricón o qué? ¿No te gusta Ángela? ¿O te gusta demasiado, eh? ¿Te molesta que hable? ¿Tenés algo con esha? Me dijo por fin en argentino. No, nada, debo haberle contestado yo, pues no me acuerdo bien qué dije, debe haber sido algo acerca de que la Ángela es inalcanzable y que nadie osaría besarla. No me olvido de lo que agregué después: ¿Puedo ver tus discos? Y sin borrársele la sonrisa puerca que arrastraba desde que me había descrito lo que le gustaría hacer con Ángela si se encontrase de pronto solo con ella, me contestó agregando un orgulloso pero casi imperceptible movimiento de hombros al gesto de indicar con el dedo índice la repisa en que se encontraban: Servite. Como no me moví de inmediato, Alberto dedujo que no le había entendido el modismo y corrigió diciendo: por supuesto ché, miralos. Ese momento crucial, estelar de mi vida debe de haberle sido evidente, pues me miró con ojos cómplices, fraternales, hasta paternales, luego me guió como a un ciego, tomándome delicadamente el antebrazo y soltándome la mano a centímetros de su preciada colección. No puedo dejar de relacionar esa imagen con la de Alberto acercándose lentamente a tocarle el culo a Ángela. Y ahí estaba yo, con las 10 yemas de mis dedos deslizándose por los lomos de los discos que excitaban mi curiosidad aunque desconociera el contenido. Antes de sacar un disco lo miré buscando una última autorización, como si me dispusiera a tocar reliquias milenarias que no pueden exponerse al sucio tacto humano que solo destruye lo que toca. Alberto comprendió mi silenciosa solicitud porque cerró sus ojos y movió levemente su cabeza en una delicada venia papal. Y saqué un disco al azar. Casi quedo sin aire al verme sosteniendo de pronto un disco que mostraba en su portada a un tipo muy galán, ataviado con una camisa blanca de cuello ancho y grande, abierta en dos botones y un traje de lana gris, elegante, sosteniendo el control remoto (con cable) de un televisor en colores, con sus ojos cerrados, o quizás solo levemente abiertos, imperceptible al observador, con su cabeza gacha, dirigida a la alfombra amarilla de, supongo, un cuarto de hotel. Pero lo mejor era la presencia al fondo de una muchacha desnuda, de espaldas al tipo, apoyada en la baranda del balcón, empinada a piernas muy juntas, calzada con unos zapatos de taco alto negros como única prenda. La cama revuelta, el pelo mojado de la chica y la sutil, pero satisfecha sonrisa pintada en los labios del tipo hacían suponer rápidamente que el tipo acababa de tener mucha suerte. Levanté mi rostro sonrojado y dirigí la mirada hacia Alberto, quien ya estaba asintiendo con la boca abierta, y me dirigía unas palabras que ya me había figurado diría en cualquier momento: ¿Viste Chico? De eso te hablo cuando me refiero al culo de Ángela. Se trataba del disco “Pressure Drop” de Robert Palmer. Haber tomado un disco con una carátula tan erótica sólo empeoró las cosas, porque de pronto ya no tuve claro qué es lo que buscaba en el estante, si meterme en el profundo y misterioso océano de la música pop clasificada en una monstruosa colección de discos en una pieza residencial de Buenos Aires o si se trataba de apagar el fuego cada vez más salvaje del deseo de un chico de trece. Probablemente fue ambas cosas.


Los días que pasé disfrutando de la colección de Alberto quedaron grabados en mi memoria como la iniciación en el mundo insondable y más sentimental que haya conocido jamás. Los días en que estuve más cerca del abismo, rodeado del torrente energético que significaron esas noches de audición y relatos, de Rock y Sexo ingenuos, de tambores y tetas. Antes de despedirnos en la misma estación, y tras advertir pasmado que Alberto le daba un ¡beso en la boca a nuestra Ángela! se acercó canchero, cual Robert Palmer, y me dijo mientras me abrazaba efusivamente, Tomá, Huevón, este regalo es para vos y para que no te olvidés nunca de mi. Me pasó la cinta que las lágrimas me impideron mirar, y que habría de perderse entre las cosas revueltas de mi viaje, en un rincón de mi mochila. Luego, camino a Chile, la tomé entre mis dedos ávidos del tacto. Se trataba de CLOSE TO THE EDGE de YES, con la orgullosa inscripción en argentino, que habría de volarme los sesos por el resto de mi vida.